Soldiers in riot gear arrive after street merchants protested the seizure of their merchandise by the municipal police of Quito, Ecuador, in May 2020. Image: AP Photo/ Dolores Ochoa

Desentrañando el Conflicto Interno y la Violencia en Ecuador

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El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma

Aldous Huxley

Ecuador ha sido objeto de atención internacional en los últimos meses debido al dramático aumento de la violencia interna en el país. Este fenómeno contrasta con la imagen histórica de Ecuador como una “isla de paz” en una región caracterizada por conflictos y tensiones. Sin embargo, la situación actual refleja una complejidad profunda y existen diversas causas subyacentes que son importantes visibilizar y analizar. El deterioro de la situación se atribuye a una serie de factores interrelacionados, que incluyen décadas de políticas gubernamentales ineficaces y corruptas, una crisis económica persistente debido a una interminable dependencia a modelos extractivistas y a un manejo irresponsable de la pandemia de COVID-19 que generó una de las diásporas más grandes de ecuatorianos en historia reciente.

Estos problemas estructurales han creado un entorno propicio para la proliferación de actividades ilegales y violentas, como el narcotráfico, la minería y tala ilegal, la trata de personas y el tráfico de especies, entre otras, que aprovechan una población sin oportunidades de vida digna, la corrupción institucional y la debilidad del Estado para expandir estas economías criminales que son las únicas que realmente han crecido en el país. 

Esta crisis no es simplemente un problema local, sino que está intrínsecamente ligada a un modelo global neoliberal y capitalista que favorece y perpetúa la desigualdad económica y social. Las estructuras criminales transnacionales se aprovechan de las brechas dejadas por estas políticas para expandir sus operaciones y consolidar su poder, con consecuencias devastadoras para las comunidades locales, sus territorios y la naturaleza. Por lo tanto, preguntarse qué está pasando hoy en Ecuador, supone abordar de manera integral estas problemáticas ya que trascienden las fronteras nacionales y solo se puede solucionar deteniendo el ciclo de violencia y desigualdad estructural, no solo en Ecuador sino en otros países “periféricos”. La situación actual en Ecuador exige una respuesta coordinada y eficaz tanto a nivel nacional como internacional para proteger a las comunidades y los territorios de la región de un futuro incierto y sumamente peligroso.

Llegar a ser uno de los países más violentos de la región y del mundo no es un fenómeno que se alcanza de la noche a la mañana. Responde a un sin número de factores que año a año han ido empeorando y han constituido un “caldo de cultivo” para reforzar estructuras criminales capaces de corromper a un Estado frágil y deficiente. Sin entrar en demasiados detalles, es importante evidenciar que hay múltiples causales y no es posible culpabilizar a un solo gobierno o actor de esta decadencia institucional y social que vive hoy el país. Las causales pasan por un contexto externo que responde a una problemática global alrededor de economías lucrativas como el tráfico ilícito de drogas, e incluso demandas globales de metales o maderas que son codiciados a escala planetaria y que alimentan estructuras paramilitares en países periféricos como el Ecuador. Sin embargo, también responde a problemas estructurales internos como es la propia dolarización de la economía, que ha permitido servir como un país ideal para el lavado de activos, instituciones frágiles y corrompibles, y sobretodo una crisis económica que no para de ahondar brechas de bienestar social que solo alimentan redes ilegales que a su vez se aprovechan de personas en situaciones de pobreza extrema sin oportunidades. 

En los medios nacionales, y algunos internacionales, se ha intentado implantar la idea de que esta escalada de la violencia proviene desde la expulsión de una base militar norteamericana en Manta (costa ecuatoriana) en el año 2009 que dejó “sin control” a las estructuras criminales. Sin embargo, además que la presencia norteamericana por casi 10 años tuvo varias denuncias de violación de derechos humanos, los datos también muestran que esta narrativa no tiene una correlación con los datos, ya que de hecho la criminalidad en los siguientes 10 años a la expulsión de la base norteamericana disminuyeron considerablemente. Lo que sí se puede verificar en los propios datos oficiales, es que posterior a la pandemia en el año 2021, aumentaron exponencialmente (y como nunca antes en la historia de Ecuador) las tasas de muertes violentas en el país.

Esto ocurre luego de que se venía instaurando políticas neoliberales por al menos 4 años dónde se pudo palpar una evidente austeridad fiscal, por ejemplo a través de un desmantelamiento del Estado que incluyó el cierre de ministerios, instituciones y empresas públicas, despidos masivos a funcionarios públicos debido a recortes de presupuestos en educación, salud, y bienestar social, priorización del pago de deuda externa en medio de una crisis sanitaria, y la disminución de subsidios. Esto ocurrió conjuntamente con un descontrol, quizás deliberado, del Estado hacia el accionar de grupos criminales, hasta llegar al año 2023 cuando Ecuador llegó a ser el país más violento de América Latina.

Esta dura realidad ha generado un miedo generalizado en la sociedad ecuatoriana como nunca antes en su historia, lo cual se ha exacerbado gracias a una opinión pública que refuerza diariamente una narrativa de pánico, perpetuando un profundo aire de miedo generalizado en la ciudadanía. Esto ha sido aprovechado por el actual Gobierno de Ecuador para justificar, sin cuestionamientos, los “sacrificios” y la “guerra” como únicos mecanismos posibles para enfrentar los brotes de violencia. Lo lamentable es que hoy, gracias a este clima de miedo, aún más políticas neoliberales antipopulares están siendo implementadas sin capacidad de cuestionamiento por un gobierno interino que tiene un periodo de apenas 18 meses pero que en los primeros 4 meses ya ha subido el IVA, ha priorizado el pago de deuda externa, ejecuta un plan de aún más reducción del aparato del Estado con la consecuente privatización de empresas públicas, la aprobación de tratados de libre comercio, la subasta del país a nuevos capitales mineros, entre otras políticas de shock.

Si bien las cifras reales del nivel de violencia al que ha llegado el país son escalofriantes, las narrativas y los imaginarios de miedo difundidos han sido aún más impresionantes y han logrado instaurar un “shock” en la sociedad. Un ejemplo sobre saliente fue la mediatización de una supuesta “toma” de un canal de televisión el pasado 9 de enero, por parte de grupos criminales o terroristas. Ha sido, justamente esta acción mediatizada la que ha podido justificar formalmente una “Guerra Interna” en Ecuador, lo que se ha traducido en una escalada de otras muchas violencias sistémicas que están siendo generalizadas. Esto se puede evidenciar en la xenofobía, la aporofobia, los feminicidios, la discriminación sexo genérica, y especialmente la normalizando de la denigración y la desvalorización de los principios humanistas que permitieron pacificar a la humanidad en la posguerra mundial, para que éstos no se vuelvan a repetir.

An Ecuadorean journalist was held hostage by gunmen during the takeover of a Guayaquil TV station and obliged to appear on camera at gunpoint on 10 January 2024.

Hoy, violaciones de Derechos Humanos son justificadas de muchas maneras en Ecuador, dentro de la narrativa bélica. Se ha visto la detención arbitraria a ciudadanos por su apariencia, color de piel o tatuajes, restricciones de acceso a medicación de personas con enfermedades catastróficas o complicadas en centros de detención, e incluso se denunció el asesinato a un jóven en Guayaquil en un control de tránsito sin justificación alguna. El Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos ha denunciado a las fuerzas armadas por el uso ilegítimo de la fuerza, que podrían configurar el cometimiento de tortura. Sin embargo, todos estos abusos son justificados como parte de la “guerra interna contra el crimen organizado”.   Ya lo dijo el presidente Noboa: “Que ningún antipatria nos venga a decir que nosotros estamos violando los derechos de nadie, cuando estamos defendiendo los de la gran mayoría.

La historia nos ha mostrado que el miedo es el mejor combustible para desmovilizar y paralizar a las sociedades. Además, a través del miedo se ha logrado instaurar las políticas más perversas y antipopulares en diversas latitudes en distintos momentos de la historia humana, incluso en democracia. Esto ya lo explicó con gran versatilidad en 2007 Naomi Klein en su libro Doctrina del Shock.  Si bien hoy Ecuador está sufriendo las consecuencias, por un lado de la violencia criminal, y por otro de la aplicación de políticas neoliberales que a la larga resultan en violencia estructural, es importante evidenciar que esto no es una problemática solo del Ecuador, sino es un síntoma que responde a estructuras y paradigmas globales que se han consolidado en la contemporaneidad. Hoy, incluso presidentes electos democráticamente, ponen en duda los propios Derechos Humanos como un valor universal, esto lo podemos ver en el caso de Nayib Bukele, Javier Milei o el propio Presidente Noboa en Ecuador. Así, conceptos deformados de “libertad” (especialmente de mercado) por ejemplo, resultan más importantes que la propia democracia o los mismos Derechos Humanos. 

El negocio de la guerra, y el narco siendo motor clave de esta guerra, es muy rentable y se alimenta exponencialmente de la expansión de patrones económicos y culturales que vayan en esta línea, y esto lo podemos aprender de experiencias cercanas en Colombia, México o Centroamérica. Para Omar Rincón (2023), “el narco es colombiano y ecuatoriano por destino, pero capitalista por ética”.  Los horrores que hoy vive Ecuador, no son peores que los horrores que han vivido y en muchos casos siguen viviendo países vecinos, menos todavía que genocidios como el que ocurre contra el pueblo de Palestina mientras se escriben estas líneas, o todos los genocidios que han tenido lugar solo en los últimos 2 siglos. Sin lugar a dudas que hoy el Ecuador atraviesa su peor coyuntura histórica, pero es importante que podamos identificar los patrones que replican en los modelos sociales y económicos implementados que en gran medida se relacionan con el modelo capitalista del libre mercado y con el “desarrollismo” en general como paradigma de crecimiento infinito. En el fondo venimos construyendo un mundo donde hay más libertad para vender que para comer o simplemente donde vale más una mercancía que un ser humano, es un mundo deshumanizado, y es el mundo de nuestros tiempos, hay que aceptarlo. Hay que aceptar más todavía si lo queremos cambiar. 

Empezar por reconocer significa ver las sombras y ver toda la compleja realidad en la que estamos. Ecuador, sin lugar a duda, tiene que regresar a ver hacia dentro, reconocer su realidad e intentar salir de la dependencia a estos modelos de muerte y buscar re-existir con esperanza de tiempos mejores. Ser un país lleno de vida por su biodiversidad, es quizás la única oportunidad desalida no violenta que tiene este país para re-existir, una apuesta que ha tenido grandes pasos conseguidos recientemente con abrumadores apoyos populares y a través de procesos realmente democráticos (Derechos de la Naturaleza, Consultas populares anti-extractivistas), que hace pensar e ilusionar con que  es un futuro posible, quizás el único.

Aun así, no basta con que el Ecuador sane sus heridas, se pacifique y sea el paraíso terrenal, es necesario también que el mundo se transforme de manera integral. Es indispensable dejar de alimentar a nivel global a estas industrias de muerte, y repotenciar las actividades que dignifiquen y pongan la vida en el centro. Como diría Jacinto Benavente: “una cosa es continuar la historia y otra repetirla”. Como van las cosas, está claro que si la historia de la humanidad es una serpiente, ésta siempre terminará comiendo su propia cola, quizás ya no hay tiempo para repetir está historia y solo nos queda  transformar esta vez a la serpiente en un caracol.

Juan Manuel Crespo

Juan is a PhD candidate in Development Studies at the University of the Basque Country. He is dedicated to eco-social action research, particularly in topics related to buen vivir (good living), political ecology, alternatives to development, and the management of knowledge from decolonial perspectives. He has contributed to various collaborative research projects such as the FLOK Society project for participatory design of public policies for knowledge at the IAEN. He has served as an advisor to the Government of Ecuador on open knowledge and free technologies and also serves as a consultant for WWF Ecuador.

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